Los corazones no se ganan con envidias.
El viejo estaba recostado sobre el cojín del banco de tablas y acero, con la cabeza apoyada en las piernas de una de las primas bastardas de su nieto. La prima hablaba, de forma aburrida y sin parar, de todas sus absurdas experiencias en su nuevo trabajo; esta sonata iba acompañada de inconscientes y suaves toqueteos en la cara y el escaso pelo del viejo febril, entreteniéndolo y haciéndolo descansar.
Un brusco sonido nos devolvió a todos al presente y condujo nuestras miradas a la hija del viejo que, ataviada de sus mejores trapos y con un cubo desbordado de ropa limpia y húmeda, nos miró cansadamente con un peso que nos hizo autoacusarnos de vagos culpables.
En uno de esos segundos que ni se perciben, me dio tiempo a sentir en ella una pequeña decepción ante la distracción del viejo, el único que no se había molestado por la rutina casera, y quien al silencio de su hija respondió alabando su juventud y recriminándola por desgastarla con su afán por la prolija pulcritud, "la higiene básica" que ella decía.
Refunfuñando, entredientes, alegó que la jovencita tenía edad de aprender lo suyo, y se marchó con su halo de perfecta ama, e infeliz reprimida, a tostarse en sus quehaceres.
"Todavía sigue siendo una niña"- siempre veía al viejo reírse con el cerrado corazón de su hija. Tosiendo, se incorporó malamente para nutrir sus golpes de tos bajo el humo de su vieja, sí, como él, pipa.




Comentarios sobre Los corazones no se ganan con envidias.
Me gustó , tienes estilo al escribir, y eso es lo más importante. Espero sigas poniendo escritos tuyos, y los leeré gustosamente. Sabes , yo también escrito algunos relatos, pero son muy extraños, quizá con el paso del tiempo ponga alguno. Gracias por haber pasado por mi blog, te agrego como amiga . Un saludo