Otro día más
Hoy la pesada espalda se levantó algo más descansada, aunque, la verdad, se había permitido el lujo de dormirse dos horas más. Tratando de recordar la juventud, intentó hacer una demostración de ligereza para sí mismo, pero las ganas no convencieron a su físico, perturbado y desgastado por trienios de uso al tuntún, y tuvo que alcanzar la cocina arrastrando sus pies que, como escobas propias, marcaban el camino hasta el lado izquierdo de su cama.
Sin mucho acierto, escogió varios utensilios de supervivencia para su mañana rutinaria, olvidando algunos útiles y cargando con otros no tanto, y así, en pocos minutos comenzó a contar los segundos de equivalencia con los de días anteriores.
Sus esfuerzos por dejar de ver la monotonía se postraron al mismo recurso de locura, que también comenzaba a parecerle repetitiva; entonces comenzó un día que cualquiera habría considerado malo, pero dejó de pensar en días malos y pensó en días un poco menos buenos.
Al llegar de nuevo a casa, hizo todo de al revés: continuó leyendo el libro que dejaba siempre a medias a cada expiración de sus ratillos libres y, después de que sus tripas llevaban un rato rugiendo, decidió hacerse una comida rápida para acallar un tiempo sus necesidades vitales. Abrió las ventanas de par en par y deshizo la cama. Cogió su bastón y paseó por un camino desconocido, hasta llegar a un paraje de vida donde el oxígeno llegaba a los pulmones y no a un horizonte soñado, donde la luz del sol no era el interruptor que apagase las farolas, sino el testimonio de un nuevo día.
Cuando, ya de noche, cerró las ventanas y se arropó en su propio calor, apoyó la pesada espalda en su colchón, ahuyentando todo recuerdo de un mal día. Hoy había sido un mal día chafado.



